Parsifal

Alejo Pérez
Cor infantil del Teatro Colón
Coro y Orquesta del Teatro Colón Buenos Aires
Date/Location
11 December 2015
Teatro Colón Buenos Aires
Recording Type
  live  studio
  live compilation  live and studio
Cast
AmfortasRyan McKinny
TiturelHernán Iturralde
GurnemanzStephen Milling
ParsifalChristopher Ventris
KlingsorHéctor Guedes
KundryNadja Michael
GralsritterIván Maier
Norberto Marcos
Stage directorMarcelo Lombardero (2015)
Set designerDiego Siliano
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Reviews
Opera News

TEATRO COLÓN’S FIRST PARSIFAL in twenty-six years was the first ever at the house under the baton of an Argentine conductor (seen Dec. 4). Maestro Alejo Pérez’ first encounter with Wagner’s intricate score resulted in a powerful, expansive reading supported by broad tempos and clearly layered textures. After a tentative handling of dynamics in Act I, his interpretation progressed through dramatic strength and chromatic contrast in Act II towards assertive and intense phrasing in Act III. The legendary Colón acoustics carried the choral climaxes to luminous, poignant effect.

Argentine stage director Marcelo Lombardero answered Parsifal’s enigmatic question of “Who is the Grail?” by literally replacing the mythical chalice with the suffering celebrant: a blood-stained Amfortas was lifted by ropes and hooks several feet above the proscenium during the consecration in Act I. His Christ-like body shone in contrast to the darkness of the abandoned power plant chosen by the Knights (dressed as contemporary soldiers in combat fatigues) to celebrate their ritual. The ceremony was ordered by a Titurel in military uniform projected in an old-fashioned newsreel onto a small screen at the back of the stage. No Argentine would have failed to associate Amfortas’s pain with the tortures suffered by political prisoners not very long ago.

A further updating of the Grail myth to uncomfortable domestic realities was the staging of the outside world surrounding the temple. It consisted of a desolate forest of ruined buildings, among them the courtyard of a forsaken hotel beside a sombre lagoon where Gurnemanz had taken refuge. Lombardero tells me that this eerie landscape evokes the environmental apocalypse suffered by Epecuén, a spa town south of Buenos Aires, flooded in 1985 when an adjacent salt lake burst its banks after a long period of rain. The video accompanying the interlude leading to Act I’s second scene showed the remains of Epecuén after the waters receded nearly twenty-five years later. In Act III, redemption was in the air when green buds timidly started emerging in the courtyard, as if summoned by the Good Friday music. The glowing end was staged as a ritual shared not only with the Knights, but also with the audience: a spotlight left the stage to wander around the hall, stopping on a young child standing in the middle of the stalls. At that moment, the Knights suddenly advanced to the edge of the proscenium to sing their final ecstasy.

Against this landscape of suffering and redemption, Klingsor’s illusory world in Act II is a gigantic transparent globe with esoteric graphs projected from the iPad of a magician in a smart grey suit. Inside this bubble, flower maidens wearing leotards with thin LED lights running from shoulder to ankle rehearsed their enticements in mechanical contortions rigorously synchronized with the score. Real seduction was then practiced by Kundry on a Parsifal sitting on Klingsor’s throne as if on a shrink’s sofa. After kissing him, Kundry immediately took some distance to observe his reaction, as if hoping for the refusal needed to enable her own salvation. Then Parsifal fell to his knees and the bubble burst and fell apart.

A solid cast was assembled to cope with four performances over only seven days. Christopher Ventris sang a sharply-focused Parsifal, and convincingly acted Lombardero’s proposal for an initially untidy and afterwards soberly self-contained redeemer. Stephen Milling was a forceful Gurnemanz, whose polished phrasing was replete with meaningful emphasis. Nadja Michael excelled as Kundry thanks to her richly, sensual voice and superb dynamic control and Héctor Guedes sang Klingsor with a deep voice and penetrating phrasing. Finally, Ryan McKinny’s Amfortas was simply irresistible in his heart-breaking plea as the human Grail at the heart of this insightful and moving production.

Agustín Blanco-Bazán | March 2016 — Vol. 80, No. 9

La Nacion

Un Parsifal redimido

La simplicidad de la instrumentación de Parsifal, sobre la que tantas veces se habló, podría resultar engañosa. Esa austeridad implica una renuncia -otra más, en una trama dominada por ella- y por eso mismo una crítica a aquello a lo que se renuncia. He ahí uno de los muchos dobles fondos que Richard Wagner dejó en su testamento musical.

Acerca del “espíritu”, por decirlo así, de la obra, el teólogo Hans Küng llamó la atención sobre la pugna entre arte y religión. Es cierto que no existe un Evangelium secundum Wagner, pero el cristianismo, a pesar del budismo entrelíneas, se presenta en escena, tenso. No parece seguro, como creía Pierre Boulez, que pueda dejarse completamente de lado esa tensión, sobre todo porque en ella consiste también la agudísima novedad de la obra.

Parsifal no admite un divorcio entre elementos alegóricos y expresivos y, por eso mismo, hablar de su “texto” implica en este caso hablar a la vez de texto musical y de texto dramático, en el sentido de una sintaxis verbal y formal unificada. Cualquier violencia a la que sea sometida la trama afectará también a la música.

En el primer acto, la puesta de Marcelo Lombardero presenta un eficaz paisaje desolado, tecnológicamente obsolescente. La cruz está allí, pero está hecha en verdad los maderos de un poste de electricidad. Los caballeros del Gral portan ametralladoras. El recinto del Gral es un galpón, pero las insinuaciones ojivales de los arcos dan la impresión de un convento edificado sobre los restos de una civilización posindustrial.

El drama de los dramas

Por más logrados que estuvieran, estos rasgos introdujeron una tensión subsidiaria, aunque no supuesta en la obra, lo que vuelve problemática su condición necesaria. Más acertado estuvo Lombardero en el segundo, en la soledad del diálogo entre Kundry y Parsifal, que resultó entre conmovedor y escalofriante.

Parsifal no es ya una ópera, pero ni siquiera es un drama musical a la propia manera wagneriana, y, en cambio, está bastante más cerca del oratorio e incluso del auto sacramental. Si puede hablarse de un “drama de los dramas” es porque el drama resulta aquí superado, vuelto pura interioridad. Ninguna acción queda ya por fuera de la música. En este punto, el Parsifal que entrega Alejo Pérez, con un rendimiento sin fisuras de Estable, será difícil de olvidar.

Ya en el preludio al primer acto, la lectura de Pérez no pudo ser más detallada, incisiva y colmada a la vez de perspectivas. La suya fue una versión de una sola pieza.

Pero no hay Parsifal que valga sin las voces correctas y aquí cada una encaja en su lugar. Experto en el papel, Christopher Ventris hizo un Parsifal con una transición perfecta de la ingenuidad a la decisión.

El Gurnemanz de Stephen Milling fue tan apabullante y vocalmente sólido como el Amfortas de Ryan McKinny, y cumplieron también con sobrada consistencia Hernán Iturralde como Titurel y Héctor Guedes como Klingsor.

Una cosa más: quien escuche a Nadjia Michael en el segundo acto y preste atención al trabajo de Pérez entenderá para siempre por qué Parsifal es la primera obra auténticamente moderna.

Pablo Gianera | 06 de diciembre de 2015

El Dia

Un grial atemporal

Con el regreso de la dupla Marcelo Lombardero/Alejo Pérez a la lírica, el Teatro Colón cierra su temporada con esta controvertida obra de Richard Wagner

El Teatro Colón estrenó el viernes pasado la última ópera de la temporada. El reto fue traer al siglo XXI una ópera que siempre se presentó en Buenos Aires pero llevaba 29 años de ausencia en nuestro país. Una obra que asciende lentamente hasta el solo de arpa final, y que produjo fuertes controversias en el mundo operístico desde su mismísima creación.

La dirección musical estuvo a cargo de Alejo Pérez y la dirección escénica de Marcelo Lombardero. Ambos habían trabajado juntos en el Teatro Argentino con otras óperas wagnerianas. Luego de aquellos años, Pérez siguió su camino por el viejo continente afianzándose en el Teatro Real de Madrid y Lombardero continuó con varios trabajos de ópera independiente.

Parsi (puro) fal (loco), Parsival o Parzival es el nombre del protagonista en sus diversas obras homónimas, al igual que en esta ópera con libreto y partitura de Richard Wagner. El compositor alemán se basó en los poemas “Parzival” y “Titurel” del escritor medieval Wolfram von Eschenbach, para llevar a cabo el gigantesco proyecto que denominó Bühnenweihfestspiel (festival escénico sacro) que rondó por su cabeza entre 1865 y 1882, aunque la escritura definitiva de la obra fue a lo largo de los últimos 5 años. La ópera se estrenó el 26 de julio de 1882 en el Festival de Bayreuth en Alemania.

La propuesta estética y actoral de Lombardero fue efectista y logró su cometido en gran parte de la platea. Cabe aclarar esto porque la función duró más de 5 horas y para el primer intervalo ya se veían decenas de butacas vacías, aun tratándose del Gran Abono. Pero Wagner tenía esa desmesura al momento de sus composiciones, y su pensamiento al momento de la escritura correspondía a la idea de una obra de arte integral (gesamtkunstwerk) donde cada disciplina artística por separado se unía en un todo. Precisamente esa unión que pensaba Wagner desde el texto y la música debería tener una mirada que integre todas las partes. Y allí es donde la puesta de Lombardero intenta ser provocativa pero deja de lado ciertas cuestiones indisolubles del texto wagneriano.

El claro del bosque de Montsalvat, territorio de los Caballeros del Grial, está representado por una zona en los suburbios de una ciudad actual, con los muros destrozados y las letras del cartel de un hotel desvencijadas. Un poste de luz inclinado supone también la presencia de una cruz. Mientras que el segundo acto presenta una tarima elevada en el centro con proyecciones de gráficos digitales con números, letras, símbolos y alguna que otra imagen en azul. La imagen resulta casi una parodia de la película “X-men”, donde Klingsor ocupa el lugar del Profesor Xavier en la escena junto a Kundry.

El vestuario maneja la misma paleta de colores y queda perdido en la totalidad del escenario. Ningún personaje se destaca, salvo por sus intervenciones vocales. Lo que más llama la atención, y en un comienzo hasta preocupa, es la decisión de poner a estos personajes armados con grandes escopetas, implorando y orando ante la platea en unas semanas convulsionadas por los ataques terroristas ocurridos en un teatro parisino algunas semanas atrás.

El telón de boca servía de tamiz para diversas proyecciones. La primera mostraba un recorte exactamente igual de lo que se veía por detrás. En los siguientes actos tuvo otras participaciones importantes, pero sin dudas el mejor efecto fue a lo largo de la caminata en el primer acto, donde la proyección de frente y la trasera (back projection) se movían al ritmo de sus pasos.

La muerte del cisne es un elemento clave dentro de la obra, pero resulta extraño que aquellos que preguntan por su muerte son personajes armados que tienen a sus espaldas un par de cabezas de animales colgadas. Asimismo, Lombardero declaró antes del estreno: “Yo traté de eliminarle todo el componente religioso a la obra” aunque en realidad es algo innato dentro de la pieza porque trabaja sobre un romance medieval lleno de magia, filosofía y hace especial hincapié en cuestiones religiosas. No podemos olvidar que hasta el gran amigo de Wagner, el filósofo Friedrich Nietzsche, llegó a considerarlo un músico más de la decadencia y que su obra Parsifal, como escribió Daniel Gómez “le había parecido una retrogradación wagneriana en pos del cristianismo”. Lo que no se puede negar es el rasgo netamente religioso de la obra que, pensando en la eliminación de arias y recitativos clásicos de la ópera como género, Parsifal pareciera ser una especie de gran oratorio.

Nicolas Isasi | 9 de Diciembre de 2015

der-neue-merker.eu

Gestern Abend spielte das ehrwürdige Teatro Colón in Buenos Aires sein letztes Werk in der Spielzeit 2015, und der „Parsifal“ von Richard Wagner wurde zu einem Riesenerfolg. Nachdem der neue Intendant Darío Lopérfido, der im Februar das Theater übernommen hatte, Katharina Wagner, die diese Produktion machen sollte, durch den argentinischen Regisseur Marcelo Lombardero ersetzt hatte, war man sehr gespannt, wie das offenbar eng zusammen arbeitende Team Lombardero/Alejo Pérez, Dirigent, dieses letzte Werk des Bayreuther Meisters in Szene und musikalisch umsetzen würde. Das Colón war nahezu ausverkauft und hat immerhin etwa 2.500 Sitzplätze und über 500 Stehplätze.

Schon das erste Bild vom Bühnenbildner Diego Siliano macht einen fast sprachlos. Das Regieteam verortet die Gralsgesellschaft in ein völlig zerstörtes Dorf genannt Epecuen in der Provinz Buenos Aires, welches von einer großen Lagune infolge starker Regenfälle völlig zerstört wurde. Man sieht ein eschatologisches Ambiente mit Elementen der Zerstörung, die den Eindruck einer großen Katastrophe vermitteln. Die Gralsritter bewachen dieses Rückzugsgebiet mit Maschinengewehren und zeigen sich in den Chorszenen äußerst militant. Hier wird bereits eines offenbar: Lombardero vermeidet in seiner Konzeption jedes religiöse Element des Werkes, man sieht nur einen kleinen Altar in einem stehen gebliebenen typisch argentinischen Barbecuegrill, der mit seinen Stierkopfskeletten und Pseudoheiligen synkretistische Assoziationen hervorruft. Gleichwohl gibt es den erschossenen Schwan und Parsifals Bogen, wie auch andere klassischen Elemente des Stücks im Laufe der Vorstellung. Lombardero stellt das Werk also als ein reales Bildnis dar, mit Hinweisen auf die Zerstörung sowie menschliche Tragödien und Verrohung. Und so könnte man dieses Bild als Metapher für all die Verbrechen nehmen, die im Namen der Religion in der Geschichte begangen wurden. Das gibt der hier gewählten Ästhetik und Mystik eine übergeordnete Bedeutung, die sich bis zum Ende des 1. Aufzugs fortsetzt. Nach einer eindrucksvollen Verwandlung durch die Ruinenlandschaft von Epecuen, die wirklich das Wort von Gurnemanz „Du siehst, mein Sohn, zum Raum wird hier die Zeit“ nachvollziehbar macht, gewahren wir die Gralsritter auf die Enthüllung des Grals wartend in einer Art riesigem Gasometer mit einem stählernen Tor. Es ist ein Symbol völliger Abschottung – ein atemberaubendes Bild, welches der Lichtdesigner José Luis Fiorruccio mit einer Art Multimedia gestaltet hat, in tristem Grau. Es erweckt klaustrophobe Assoziationen. Hier gibt es natürlich keinen Gral. Stattdessen wird der auf der ganzen Brust mit blutenden Wunder übersäte Amfortas in der Stellung des Gekreuzigten in die Höhe gezogen – ein Ausdruck unmenschlichen Leidens zu Gunsten der nach diesem Moment lechzenden Gralsritter sowie Titurels, der auf einer hinten eingeschobenen dunklen Leinwand als General gezeigt wird. Auch Amfortas trägt eine Uniform. Die Kostümbildnerin Luciana Gutman hat für die diversen Charaktere stets entsprechende Kostüme geschaffen. Die Verrohung dieser Gesellscaft wird offenbar, wenn sie den nach dieser Szene wie tot am Boden liegenden Amfortas den Rücken zukehrt – Mitleid gibt es hier nicht aufs Geringste. Parsifal sieht sich diesen Ritus entsetzt von der Seite an.

Im zweiten Aufzug sehen wir Klingsor im Smoking ganz bürokratisch Kundry zur Verführung Parsifals anrufend. Das sehr karge Bild steht in starkem Kontrast zu den opulenten Bildern des 1. Aufzugs. Die Szenerie konzentriert sich allein auf die Anrufung Kundrys – das Entscheidende in diesem Moment. Sodann jedoch sehen wir einen bläulichen Schleier über der Szenerie, auf der mit großer Intensität flackernde statistische Symbole, Grafiken, eine kreisende Erde und Schwarz-Weiß-Bilder in endloser Folge und flashartig zu sehen sind. Man könnte das als den Versuch Klingsors werten, an den Gral zu kommen – allein all diese Berechnugen gehen bekanntlich nicht auf. Wenn Parsifal und Kundry zusammen kommen, wirkt dieses bläuliche Geflecht wie ein Labyrinth – ein passendes Bild für die Situation Parsifals. Die Blumenmädchen-Szene wartet mit eindrucksvollen blauen Leuchtstreifen auf, die die Figuren der Damen im Dunkel betonen. Mit ihren blauen Perücken sehen alle gleich aus. Die Szene hat mit der beeindruckenden und exakten Choreographie von Ignacio González Cano etwas ganz Besonderes. An Ideenreichtum hat es dem Regieteam wahrlich nicht gefehlt. Es hat ganz besonders auf starke visuelle Eindrücke gesetzt, und dieses Konzept ging auf.

Im 3. Aufzug kommen wir wieder in das zerstörte Epecuen, in dem Gurnemanz Kundry aus einem Schutthaufen erweckt. Parsifal kommt in schwarzer Rittermontur mit dem Speer, seine Wiedererkennung durch Gurnemanz wird ein Höhepunkt dieses Aufzugs, wie überhaupt die Personenregie ein großes Plus der Inszenierung ist. Die Bilder sind ständig in Bewegung, alles ist wie im Fluss. Das Finale gelingt eindrucksvoll und schlüssig. Die Gralsritter sind nun ohne ihre Sturmgewehre zu sehen. Nachdem Parsifal Amfortas mit dem Speer geheilt hat, geht ein Vorhang herunter, und man gewahrt einen kleinen Jungen im Parkett, der den nun ausschliesslich sichtbaren Gralsrittern zuwinkt – hier findet also der direkte Kontakt mit dem Publikum statt. Schließlich sehen wir Parsifal über allen wie eine Statue auf einer Rampe stehen, und die Gralsritter gehen in eine gleißend hell erleuchtete Zukunft – der Ritus der Gralsenthüllung ist beendet. Unklar bleibt nur, wo Gurnemanz und Kundry geblieben sind…

Das Teatro Colón hatte für diese Inszenierung ein ausgezeichnetes internationales Sängerteam engagiert. Christopher Ventris ist sicher zu den besten Vertretern des Parsifal weltweit zu sehen. Er begeisterte durch sein emphatisches Siel und seinen höhensicheren stählernen Tenor, der alle Klippen der Partie mühelos meisterte. Stephen Milling ist als Gurnemanz ebenfalls eine Autorität, er überzeugte mit seinem wohlklingenden und mit viel Variation eingesetzten Bass. Auch darstellerisch gestaltete er die Rolle sehr engagiert und lebhaft. Ryan McKinny war ein beeindruckender Amfortas, der seine besten Momente im Finale des 3. Aufzugs hatte. Er stellte das Leiden der Figur äußerst überzeugend dar und ließ einen ausdrucksfähigen Bariton hören. Nadja Michael sang und spielte mit beeindruckender Empathie die Kundry. Ihr voller Mezzo bestach immer wieder durch seinen Wohlklang, seine gute Tiefe und große Ausdrucksfähigkeit. Deshalb und aufgrund ihres überzeugenden Spiels fielen eine paar grelle Spitzentöne kaum ins Gewicht. Héctor Guedes gab einen etwas unauffälligen Klingsor. Einige gute Stimmen waren unter den Gralsrittern und Knappen zu hören. Insbesondere überzeugen konnten die beiden Gralsritter Iván Meier und Norberto Marcos. Die Blumenmächen sangen ebenfalls auf hohem Niveau. Als Stimme aus der Höhe beeindruckte klangvoll Alejandra Malvino. Die Chöre sorgten für immer neue Höhepunkte. Sowohl der von Miguel Martinez bestens einstudierte Chor des Teatro Colón wie der von César Bustamante geleitete Kinderchor des Teatro Colón sangen exzellent und mit großer Transparenz. Betörend war der Damenchor im Finale „aus höchster Höhe“: Er war über dem großen Deckenleuchter platziert und hob sich somit wirkungsvoll und magisch von der Bühne ab.

Alejo Perez dirigierte das Orchester des Teatro Colón mit großer Hingabe und Liebe zum Detail. Schon das Vorspiel zum 1. Aufzug zelebrierte er in allen seinen Details und machte lange Pausen. So schien ihm das Pathos der Parsifal-Musik besonders am Herzen zu liegen, und das passte auch generell zum Bühnengeschehen. Die großen Zwischenspiele gelangen ebenfalls beeindruckend, immer wieder machte sich die exzellente Akustik des Teatro Colón unterstützend bemerkbar. Zudem ging Perez sehr einfühlsam auf die Sänger ein. Die Koordination zwischen Graben und Bühne war perfekt. Man merkte klar, dass hier viel geprobt wurde, was ja ein Vorteil bei einem Stagione-Theater wie dem Colón ist.

Um 20 Uhr begann die Vorstellung, wie alle am Colón. Das hieß, dass dieser „Parsifal“ um 1:15 Uhr morgens endete. Auch wenn schon eine signifikante Zahl von Besuchern das Theater nach dem 2. Aufzug verlassen hatte, war eindrucksvoll, wie viele bis zum Schluss durchhielten und wie begeistert der Applaus dann noch war, allen voran für Stephen Milling und Christopher Ventris und Alejo Perez. Auch das Regieteam bekam ausnahmslos starken Applaus – das Publikum zeigte sich dieser ganz neuen und ungewohnten Lesart des Parsifal gegenüber aufgeschlossen. Ein großer Abend am Teatro Colón! (Fotos in der Bildergalerie).

Klaus Billand | Premiere am 4. Dezember 2015

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