Der fliegende Holländer
| Daland | Sava Vemic |
| Senta | Maribel Ortega |
| Erik | José Ansaldi |
| Mary | Elisabeth Gillming |
| Der Steuermann Dalands | Jorge Juan Morata |
| Der Holländer | José Antonio López |
Notable ‘Holandés errante’ con soberbia videografía de fondo
El primer Wagner que ha abordado la Fundación Òpera a Catalunya (FOC) ha sido este Holandés errante visualmente impactante gracias a las proyecciones de la dirección escénica de Emilio López. Los evidentes guiños al universo gótico de las películas y series de Tim Burton resaltaban el protagonismo del mar y el afán redentor del alma del personaje condenado a vagar por los mares a causa de la maldición que le persigue y condena a vagar durante siete años sin rumbo fijo. Solo pasado este periodo de tiempo, su desgracia puede terminar si consigue un amor puro que le salve con su muerte.
Richard Wagner sacó provecho de la experiencia vivida durante el tempestuoso y prolongado viaje a bordo del Thetis en 1839 hacia Londres desde Riga, de donde huyó con su primera mujer por las deudas que le agobiaban, así como del conocimiento de la sátira de Heinrich Heine Las memorias del señor de Schnabelewopski, basada en medievales leyendas nórdicas. El nuevo proyecto debía compensarle del fracaso de no haber conseguido que la Ópera de París le produjera el estreno de Rienzi. Fue en Sajonia y en su capital, Dresde, donde verían la luz tanto Rienzi en 1842 como al año siguiente El holandés errante.
Los tres actos de esta ópera romántica se dieron en Sabadell en el formato concebido originalmente por Wagner: de un tirón, con una duración de dos horas y media, que es como habitualmente se representa hoy en día en la mayoría de teatros. Fue una excelente decisión ya que permite disfrutar de la creciente progresión dramático-musical sin pausas arbitrarias.
No era poco el desafío al que debía enfrentarse la orquesta sinfónica del Vallés. Tuvo un claro aliado en la dirección orquestal de Josep Planells Schiaffino, con experiencia no solo en Alemania sino también como asistente a la dirección en sendos títulos del siglo XX en las recientes temporadas del Liceu. Los motivos conductores expuestos en la obertura fueron muy explícitos y tuvieron el necesario empaque a cargo de las diversas familias orquestales, salvo algún leve temblor en ciertos vientos. Lo mismo puede decirse del preludio del acto III, donde el pequeño desajuste radicó en las trompas. Se consiguió por tanto un sonido poderoso, nada enfático, muy fluido y con un volumen importante sin pasarse en los decibelios, algo a tener en cuenta con el teatro sabadellense, cuya acústica tiende a la sequedad si el volumen es muy alto. Otra cosa fue el acompañamiento en escenas más prosaicas, como el dúo entre el holandés y Daland o el inicio del segundo acto, pues ahí el pulso dramático decayó y su desarrollo recordaba más a Mozart que a Beethoven, habiendo notables diferencias entre escenas más plácidas y las más truculentas, redimiéndose, no iba a ser menos, al final, con cuerdas y metales incisivos en la conclusión.
Fue el apartado videográfico —con sugerentes imágenes de certero impacto emocional que plasmaron la niebla, un ángel con alas, el fuego, el mar en calma, el barco fantasmagórico varado o en medio de la tormenta…— lo más destacado de esta producción de la FOC. Un acierto que supone un paso adelante en la calidad de sus montajes, aunque hubo elementos más tradicionales, como la cubierta del barco de Daland por donde evolucionaba el timonel o una escalera que permitía la entrada del holandés o el salón donde cosen las mujeres en el segundo acto, con escenografías a cargo de Jordi Galobart. Esa combinación de elementos escénicos más comunes y la fértil novedad de las cambiantes videografías dieron como resultado un montaje inspiradísimo, respetuoso con la trama y a la vez rico en imágenes emotivas bien coordinadas con la música y realzadas por la iluminación de Sergio Gracia. El vestuario, diseñado por Ester Martín, fue otro punto fuerte de la producción sabadellense, tanto el de los marineros como el de las compañeras de Senta, detallista, con un colorido donde predominaban el azul y el verde, muy a tono con esa simbiosis entre lo real y lo fantasmagórico, con toques dieciochescos muy reelaborados.
Vocalmente destacó el holandés errante del barítono José Antonio López, de voz amplia, bien proyectada con autoridad y amplia en todos los registros, que incluso se creció especialmente ante la Senta de Maribel Ortega. Adoleció sin embargo de un movimiento escénico muy hierático. En sus dúos con Daland y Senta aportó ese tono lúgubre, de hombre que atiende más a su tormento y a su afán de redención, totalmente alejado de las motivaciones más humanas. Una maravilla tenerlo sobre el escenario por la clase demostrada. El Daland del bajo serbio Sava Vemic fue escultóreo por el volumen y proyección de la voz, amplia y rotunda, siendo muy claro sin embargo su timbre en la zona aguda y media. Su fraseo mostró convenientemente su autoridad con sus marineros y la avaricia e interés que le mueven para casar a su hija con el personaje que le promete joyas y tesoros. Todo un descubrimiento, fruto de la cancelación del bajo escriturado inicialmente, que dio el empaque preciso a su parte.
El Erik del tenor chileno-italiano José Ansaldi fue de más a menos pues, aunque tiene volumen, su voz sonó artificialmente engrosada, con sonidos muy sombríos y un fraseo monótono, anclado en el rencor y en la angustia ante el comportamiento de su prometida. En el aria “Willst jenes Tags” ciertos agudos sonaron tremolantes y la emisión se volvió dura y desigual ante el ímpetu del barítono y la soprano en el posterior terceto “Verloren! Ach, verloren!”, cuya bravura recuerda la influencia de la grand opéra de diversos compositores en este Wagner de 1843.
El timonel del tenor lírico Jorge Juan Morata lució su proverbial voz clara, de virginal grumete, y bien proyectada en su canción “Mit Gewitter und Sturm”, ayudado por estar convenientemente elevado en la estructura que hacía de cubierta y por un volumen muy cuidado de la orquesta para no taparle, pero habría sido más deseable algo más de cuerpo en registro medio y agudo.
La Mary de la mezzosoprano Elisabeth Gillming, actoralmente convincente como capataz, mostró sin embargo una voz carente de brillo arriba y algo más crecida en el centro, hecho habitual en las cantantes de trayectoria coral, pero resultó insuficiente en la zona más grave, siendo tapada por el coro femenino en las escenas de conjunto.
La soprano jerezana Maribel Ortega hizo una Senta algo monótona en fraseo y actuación. Vocalmente demostró entereza, proyección y un registro superior acerado y luminoso a la vez. Voz de gran volumen, en dos momentos se le descontroló en el extremo agudo, pero en sus dúos con el holandés y Erik estuvo totalmente poseída por esa pasión que más que amor era compasión por haber vivido, ni que fuera en sueño, el tormento de su amado. Hizo pues un retrato vocal plenamente convincente.
El coro titular de los Amigos de la Ópera de Sabadell, dirigido por Daniel Gil de Tejada, y el de refuerzo, el Bruckner Barcelona, a cargo de Júlia Sesé, se repartieron el mundo de los vivos, marineros y compañeras de Senta, y el de los muertos, la tripulación del buque fantasma. Su labor fue sobresaliente y se pudieron apreciar los buenos frutos del rejuvenecimiento del coro sabadellense y su mejor nivel global, tanto ellos como ellas, con un canto firme, empastado y flexible. Daba gusto escucharlos en una afirmación de carácter en un título tan demandante. El coro Bruckner logró un sonido algo menos corpóreo que el titular, que firmó una de sus mejores actuaciones.
La producción sabadellense sorteó con habilidad los escollos de la singladura wagneriana gracias a al soberbio fondo de la propuesta escénica vanguardista abierta a todos los públicos, conocedores o neófitos, junto a un elenco de notable nivel y sobre todo un coro lucidísimo, espoleados desde el foso.
Josep Subirá | 01/12/2025
Fundación Òpera Catalunya sorprende con un Wagner de más luces que sombras
La expectación era altísima en Sabadell ante el primer Wagner escenificado de la Fundación Òpera Catalunya con la nueva dirección artística de Jordi Torrents. Con Der fliegende Holländer y pese a ciertas irregularidades puntuales propias de una empresa de gran envergadura, el resultado fue, en líneas generales, satisfactorio. La dirección musical de Josep Planells Schiaffino respondió con una lectura atenta a los matices y respetuosa con la progresión narrativa de la partitura. Su enfoque proposicional y detallista reflejó una idea clara de la dramaturgia sonora, lo que invita a esperar mejoras aún mayores cuando la producción haya ganado rodaje. Aun con las limitaciones acústicas del foso de La Faràndula, la Orquestra Simfònica del Vallès mostró una entrega total, profesionalidad y coherencia sonora. Hubo pasajes de gran densidad, con momentos dramáticos bien construidos y efectos de tormenta efectivos, que contribuyeron a ambientar con credibilidad el universo wagneriano.
Vocalmente, el Holandés encarnado por José Antonio López fue el eje dramático de la función: presencia escénica imponente, técnica sólida —timbre homogéneo, dicción cuidada— e inteligencia estilística. Su actuación aportó la profundidad trágica y la resignación contenida. A su lado, Sava Vemic encarnó a Daland con eficacia, proyectando carácter y garra escénica; su fraseo mostró variedad expresiva e incluso un matiz humorístico en ciertos momentos del segundo acto, lo que aportó contraste y viveza.
La Senta de Maribel Ortega comenzó con timidez y una emisión algo rígida, pero supo resolver con buena capacidad los pasajes más difíciles. Cerró la ópera con agudos potentes y seguros, y convenciendo en el trío al final del segundo acto y en el dúo con el Holandés, que fueron de lo más logrado de la velada. En cuanto al resto del reparto, Jorge Juan Morata como Timonero cumplió con corrección y musicalidad, sobre todo en la escena inicial, y Elisabeth Gillming, en su breve pero significativo papel de Mary, aportó elegancia y credibilidad.
El único punto discutible fue Erik, interpretado por José Ansaldi: aunque su centro parecía equilibrado, su emisión en los agudos resultó fija y poco controlada, lo que comprometió algunos momentos cruciales. Lástima, porque los medios eran evidentes, pero la técnica y el estilo no acabaron de ajustar. El Cor Amics de l’Òpera de Sabadell, bajo la dirección de Gil de Tejada, volvió a demostrar su preparación con solidez, especialmente en el tercer acto. El refuerzo del Cor Anton Bruckner, aunque localizado fuera de escena, no consiguió del todo imprimir el carácter ominoso e inquietante que la dramaturgia reclama —aun cuando la megafonía intentó subrayar efectos wagnerianos de gran impacto, casi cinematográficos, en esa dicotomía entre mito y exploración psicológica tan propia de la obra.
En el plano escénico, Emilio López apostó por una propuesta limpia y funcional, que facilitó la comprensión y continuidad de la acción a pesar de un cierto estatismo de los personajes principales. La iluminación de Sergio Gracia, junto con las proyecciones, construyó una atmósfera visual sugestiva, de considerable belleza plástica, adecuada al universo simbólico y marino de la ópera. No obstante, el constante movimiento de nubes videográficas en el acto III pudo generar cansancio visual, especialmente en una función sin pausa, como dictaba la voluntad wagneriana.
Esta ausencia de descanso incrementó considerablemente la exigencia de atención para el público durante cerca de dos horas y media, y supuso un esfuerzo enorme también para los músicos. Llegaban tras un calendario intenso: funciones recientes de Le nozze di Figaro, una exigente Missa solemnis y, apenas unos días antes, una gala comercial dedicada a Verdi en el Palau de la Música. Todo ello afrontado con profesionalidad, vocación y dedicación, pero también con un sobreesfuerzo que resulta difícil de justificar: revela carencias en la planificación. En algunos aspectos aún se trabaja con una dinámica de tiempos pretéritos —con pocos ensayos y demasiada presión—. Planificar la agenda es también cuidar a las personas, un principio que se vuelve indispensable ante un calendario navideño frenético para la Simfònica del Vallès, incluso considerando los refuerzos y la creación de dos agrupaciones orquestales.
Albert Ferrer Flamarich | 01 Dezember 2025
Tras más de cuarenta años al mando, la nunca suficientemente venerada Mirna Lacambra cedió el año pasado el testigo de la dirección artística de la Fundació Òpera Catalunya a Jordi Torrents. Aunque oficialmente asumió el cargo a inicios de año, esta es la primera temporada diseñada al completo por el nuevo responsable y no cabe duda de que uno de los principales síntomas del relevo lo ha constituido la programación del primer título wagneriano en la historia de la compañía del Vallès. Un reto que simboliza la voluntad de dar un paso adelante en la ambición de un proyecto único y ejemplar que merecería más atención y apoyo por parte de unas instituciones siempre tímidas y esquivas en su apuesta por la cultura en mayúsculas. Era lógico que esta primera tentativa wagneriana fuese con un título como El holandés errante, obra sumamente exigente como todas las del su autor, pero de dimensiones y características hasta cierto punto asumibles.
Para ello se ha apostado por una propuesta escénica más ambiciosa de lo que, tradicionalmente, ha sido marca de fábrica en la compañía de Sabadell. El experimentado director valenciano Emilio López, asumiendo las conocidas limitaciones logísticas y presupuestarias, ha sabido conformar un espectáculo bien resuelto apoyándose en atractivas video proyecciones que son marca de la casa, elementos escénicos esenciales utilizados con eficacia y un vestuario bien diseñado. Nada nuevo bajo el sol, una lectura dramatúrgica clásica y una dirección de actores genérica, pero que, teniendo en cuenta el mayúsculo reto, resultaron suficientemente convincentes. Mayores dificultades planteó, obviamente, la vertiente musical. El joven director valenciano Josep Planells Schiaffino, formado en Berlín, Cambridge y que está desarrollando una incipiente e interesante carrera operística y sinfónica, se puso por primera vez al frente de la Orquestra Simfònica del Vallès en el que, si los datos curriculares no engañan, fue su debut wagneriano.
La apuesta planteó dudas en un inicio inseguro y destemplado, ofreciendo un sonido pálido y falto de energía en el preludio y las primeras escenas, perjudicado por errores de bulto en intervenciones solistas, especialmente de maderas y metales. Poco a poco, pese a ciertos desajustes en la concertación, su lectura y seguridad, así como el rendimiento global de la orquesta, fue mejorando notablemente hasta un final que cabe calificar, sin duda, de meritorio. Teniendo en cuenta las dificultades que planteaba el embate, Josep Planells Schiaffino puso de manifiesto que es un director con indudable potencial y al que habrá que seguir la pista. Por otro lado, la parte coral, de trascendental presencia en este título wagneriano, contó con la participación habitual del Cor Amics de l’Òpera de Sabadell reforzado en esta ocasión por el Cor Bruckner Barcelona. Si desde un punto de vista objetivo la valoración de sus intervenciones se puede calificar de irregular, es de justicia afirmar que se apreció el arduo trabajo de ambas formaciones y de su director, Daniel Gil de Tejada. Hubo momentos problemáticos a nivel tímbrico, así como en el equilibrio sonoro y de concertación en determinadas escenas, pero también algunos pasajes de notable calidad que confirman el buen trabajo y la evolución de la mas coral de la FOC.
Durante la larga trayectoria de Mirna Lacambra al frente de la compañía se acabó consolidando un ramillete de voces más o menos recurrente que dio sus frutos en el repertorio italiano y francés. En este caso era necesario encontrar un reparto nuevo capaz de desenvolverse en otras lides y, en esa difícil selección, hubo luces y algunas sombras. El rol protagonista recayó en José Antonio López, quien ya lo había interpretado en Valencia. A estas alturas no es necesario glosar la jerarquía de un cantante siempre sólido en los más variados repertorios. Una vez más el bass baryton español exhibió su clase en el fraseo, con dicción y musicalidad impecables. Abordó el monólogo inicial algo frío, igual que la orquesta, pero progresivamente su calidad se fue imponiendo, destacando su dúo con Senta y firmando una notable escena final.
Maribel Ortega atesora una larga y brillante trayectoria en la FOC, especialmente en repertorio italiano. Aunque ya había encarnado a Senta en Galicia (Vigo y Santiago de Compostela) en versión de concierto, este suponía su debut escénico de un personaje que, a nivel vocal, le va como anillo al dedo. Su material dramático, densidad vocal y squillo tímbrico destacaron desde su Balada inicial, solo perjudicados por determinadas ascensiones al registro agudo un tanto destempladas. Una actuación por momentos irregular, pero meritoria de una cantante poseedora de un instrumento privilegiado. Como también lo podría ser el del tenor José Ansaldi, quien interpretó el papel de Erik, si no fuese por unos fundamentos técnicos que se revelaron del todo insuficientes. La voz es poderosa y posee armónicos en la franja central, pero la ascensión al agudo fue siempre problemática, tendente al grito, convirtiendo su prestación en el eslabón más débil del reparto.
Todo lo contrario que el bajo Sava Vemic, cuyo Daland supuso una auténtica y revelación y un acierto indiscutible de cast. La voz muestra contornos líricos, pero la sorprendente amplitud de registro, la belleza del timbre y la solidez de la emisión es muy relevante. Sin duda es demasiado joven tanto vocal como físicamente para un personaje como Daland, pero la sensación es que estamos ante un joven cantante del que, probablemente, oiremos hablar y mucho en el futuro, más aún teniendo en cuenta la escasez actual de bajos poderosos. Elisabeth Gillming, que actualmente forma parte del Cor del Gran Teatre del Liceu, fue una Mary de alto nivel, tanto en lo vocal como por su desempeño escénico, mientras que Jorge Juan Morata resolvió con su habitual solvencia las intervenciones del Steuermann. ¿Pasará este Der fliegende Holländer a la historia? Desde un punto de vista musical y artístico no cabe duda de que no, pero en cuanto a su relevancia histórica en el ámbito operístico catalán y, por ende, español, supone un remarcable punto de inflexión y una aventura tan elogiable como audaz.
Antoni Colomer | 02 Diciembre 2025



